Su nombre era Sábado (2da parte)

Se acercaba el fin de año y habían pasado varios meses que Sábado y Dayana no se habían visto, él decidió invitarla a tomar un café, para conocerla en persona; luego de tantas conversaciones largas nocturnas, su interés por ella había aumentado. Era el 31 de diciembre del 2003 y Sábado se encontraba muy aburrido y desesperado por verla. Le envía un mensaje de texto a Dayana preguntándole que si podían verse el día siguiente para comer algo, a lo que Dayana le responde que ese día sería feriado y todo estaría cerrado, que mejor el día siguiente. Acordaron entonces, verse el 2 de enero del 2004 en un punto céntrico, cerca del lugar donde él trabajaba y también cerca de donde ella vivía.

Llegó el día y en las primeras horas de la mañana, Sábado le manda un mensaje a Dayana para verificar la hora y punto de encuentro. Él le indicó como iba vestido para que lo identificara rápidamente y en efecto ella lo encontró a la velocidad de la luz, llegó desapercibida, él estaba concentrado leyendo un libro mientras la esperaba y ella para sorprenderlo se le aparece por detrás y le toca el hombro diciendo: –“Parece que esa lectura está muy entretenida. ¿Cómo estás?” El levanta la mirada para ver quien le hablaba y cuando se da cuenta que era Dayana, la ve con ojos bien abiertos y con la quijada en el piso, exclamando un “¡Hooooolaaaa, no te sentí llegar! La verdad que no salgo de mi asombro. Eres más alta de lo que pensaba. No sé porque, pero te imaginaba gordita, chiquita y morenita jajaja”. Dayana que era de cabello rojo y rizado, y no se bronceaba desde hace un buen par de años,  se empezó a reir con él también.

Sábado, le cuenta a ella su plan para el día, le dice que le gustaría llevarla a una pastelería de un reconocido centro comercial, donde hacían unos deliciosos postres, pero que el carro lo había estacionado lejos, pues no había ningún otro estacionamiento cercano, abierto ese día, y tendrían que ir a buscarlo en el transporte público. Ella accede, y una vez en el sitio, mientras van caminando hacia el estacionamiento, él empieza a examinar sus bolsillos y le comenta a Dayana: –Me estoy preocupando, no encuentro las llaves del carro, ya  he revisado varias veces  y nada. Creo que las dejé en la oficina. ¡Qué torpe soy y qué pena contigo!

Dayana se ríe y le dice amigablemente: – Tranquilo, yo entiendo, son cosas que suceden a veces. ¿Entonces nos devolvemos en metro y vamos a buscar las llaves? Sintiéndose avergonzado y algo frustrado, Sábado le respondió que sí, sacudiendo la cabeza y con el rostro cabizbajo.

Justo cuando se estaban dando la vuelta para ir de regreso, alguien del otro lado de la calle grita el nombre de Sábado y este retrocede para ver quién era. Se trataba de un viejo amigo con el que había estudiado en la universidad y sabiendo que Sábado vivía en otro estado, se sorprende y le pregunta a qué se debía el honor de encontrarlo por ahí. Avergonzado de lo sucedido con la ida y vuelta  con Dayana, él le presenta a su amiga y le comenta que iban a buscar las llaves del auto porque él creía que las había dejado en la oficina.

El amigo de Sábado se ofrece a llevarlos a ambos hasta el lugar donde estaba la oficina y le dice que así se ponían al corriente en el camino. Por ser aquel día posterior al feriado, muchos negocios estaban aun cerrados y las calles desoladas, así que no tardaron mucho en llegar al lugar.

Lo mejor vendría después… (continuará)

Autor: Ingrid Alexandra Morales S.

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